Un día como hoy, pero de 1962, comenzaba en la provincia de Surgut, en
la Siberia oriental rusa, la llamada peste del bolshoi, y con ella, la primera
cuarentena registrada en una ciudad en la ya desaparecida Unión Soviética. Las
crónicas de la época, destacaban la trágica historia del matrimonio de artistas
vanguardistas conformado por Sergei y Laica Strogonoff. Estos dos excéntricos
representantes de la Bauhaus rusa, fueron pioneros en un intento por dramatizar
teatralmente los ciclos pandémicos de la humanidad y apostaron por develar sus
secretos simbólicos uniendo el arte con la ciencia. Los Strogonoff, hábiles también
en los meandros de las matemáticas, desarrollaron una serie de ecuaciones que
al ser iteradas podían ser representadas teatralmente, por lo que los artistas
eligieron la de una partida de ajedrez que emulaba el movimiento oscilatorio
entre una época civilizatoria-evolutiva (interpretada por un jugador vestido) versus
una época de decadencia involutiva, (interpretado
por un jugador desvestido), roles que se intercambiaban en la medida que uno u
otro ganaba la partida. Se sabe que este juego performático científico mantuvo
al matrimonio tan entretenido en su bunker en los dos años que duró la
cuarentena que cuando unos amigos lograron entrar, los hallaron a ambos muertos
de inanición y desnudos en sus respectivas sillas de juego ante un tablero de ajedrez en el que aún se podía
adivinar, por la disposición de las fichas, que la última partida había
terminado en tablas.
De las tradiciones más excéntricas de Europa del Este podemos mencionar la doma porcina, una de las prácticas mas antiguas de la ciudad de Zaporiyia en Ucrania. De aquella competencia, los más ancianos narran aún las historias de las imbatibles hermanas Aloysha e Irina Polyakova, quienes entre 1908 a 1914 fueron las indiscutibles campeonas en la ciudad y en los certámenes regionales. Cabe mencionar que el secreto de las hermanas nunca fue develado, aunque algunos sospechan que sus victorias se debían a la simpática Aloysha y su destreza con los pies, con los que realizaba unas placenteras caricias en el hocico del animal mientras era montado.

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