La desconocida “Influenza de la pascua” ocurrida durante el 426 d.c, ha
sido uno de los grandes retos para los estudios de la epidemiología moderna. Dicha
pandemia, narrada en uno de los textos recientemente encontrados del
cristianismo copto en la antigua Alejandría, trajo inmensas penurias a los
habitantes de los poblados que rodeaban el Nilo. Dicha enfermedad extendía la compulsión
a creer ser el Mesías enviados por dios, y tras el contagio, las victimas repetían
una y otra vez durante meses las escenas de la pasión hasta incluso llegar a auto
crucificarse al costado de los caminos y morir en un éxtasis ecuménico. Los
textos también narran la extraña historia de Histia de Nazaret (como se hacía
llamar), una joven hija de un mercader de la isla de Faros y una cortesana
romana que tras manifestar los síntomas místicos, y según las interpretaciones
ser inducida por el propio dios, iría mas allá que todos los afectados fundando
la secta de la Iglesia de la santa cuarentena, y con ella, el extraño rito de auto-crucifixión
pero respetando los dos metros de distancia. En muy poco tiempo y sin habérselo
propuesto, Histia indujo con esta práctica la finalización de contagios y por
ello de la propagación de la peste. Los textos nada dicen del destino de la
joven, aunque algunas tradiciones orales cuentan que una vez recuperada de sus
fiebres místicas disolvió el culto creado y pidió a todos sus devotos que no
repartieran mas las estampitas que la mostraban combatiendo las nieblas de la
muerte desnuda y atada a una precaria cruz de madera.
De las tradiciones más excéntricas de Europa del Este podemos mencionar la doma porcina, una de las prácticas mas antiguas de la ciudad de Zaporiyia en Ucrania. De aquella competencia, los más ancianos narran aún las historias de las imbatibles hermanas Aloysha e Irina Polyakova, quienes entre 1908 a 1914 fueron las indiscutibles campeonas en la ciudad y en los certámenes regionales. Cabe mencionar que el secreto de las hermanas nunca fue develado, aunque algunos sospechan que sus victorias se debían a la simpática Aloysha y su destreza con los pies, con los que realizaba unas placenteras caricias en el hocico del animal mientras era montado.

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