En el
verano de 1953, el pintor belga Edward Patiño, radicado en Papeete en la Polinesia
Francesa, intenta por enésima vez dar inicio a los trazos del primer cuadro para revertir su malograda carrera como artista de
renombre. Luego de tres años en la isla y de buscar obsesivamente una musa,
Edward encuentra a la joven aldeana Hika Terai a quien propone captar con su
arte. Lamentablemente el artista nunca pudo lograr tal misión, ya que una y otra
vez todo terminaba arruinado cuando la aldeana, presa de una extraña alergia a
los solventes del las pinturas era víctima de una interminable cadena de estornudos que le impedían
al pintor retratar a la fuente viva de sus deseos.
De las tradiciones más excéntricas de Europa del Este podemos mencionar la doma porcina, una de las prácticas mas antiguas de la ciudad de Zaporiyia en Ucrania. De aquella competencia, los más ancianos narran aún las historias de las imbatibles hermanas Aloysha e Irina Polyakova, quienes entre 1908 a 1914 fueron las indiscutibles campeonas en la ciudad y en los certámenes regionales. Cabe mencionar que el secreto de las hermanas nunca fue develado, aunque algunos sospechan que sus victorias se debían a la simpática Aloysha y su destreza con los pies, con los que realizaba unas placenteras caricias en el hocico del animal mientras era montado.

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